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DEFINICIÓN DE RETRASO MENTAL (AAMR, 2002)

Significado actual de la definición de retraso mental de la Asociación Americana
sobre Retraso Mental de 2002

Cuando se comenzó a hablar de integración educativa, ahora hace ya más de 30
años (aunque en nuestro ámbito mas bien hablamos de 20 años), lo que se inició fue un
lento proceso dirigido a incorporar a los alumnos con necesidades educativas especiales
(NEE) en el marco de la atención dada por la escuela común.Tras la experiencia de los primeros años se reorientó el sistema hacia la educación inclusiva, reconociendo la
necesidad de atender a múltiples variables ambientales frente a los planteamientos
exclusivamente centrados en problemas o deficiencias de los alumnos.
El necesario y trascendental giro hacia la educación inclusiva supone un esfuerzo
titánico por cambiar el sistema y prácticas educativas tradicionales de atención a todos
los alumnos con un particular énfasis en los alumnos con NEE, quizás por eso
encuentra tantas dificultades. Y para superar las dificultades existentes, y mejorar la
lentitud del proceso iniciado se necesitan múltiples esfuerzos, siendo esencial entre
ellos la atención a la motivación y formación del profesorado y personal que atiende
directamente a los alumnos. A su vez, se necesitan esquemas y propuestas aplicadas que
sirvan de orientación y guía para el desarrollo de las actividades educativas y de la
atención integral a los alumnos. Esas propuestas deben ser compartidas por el
profesorado, los técnicos, los familiares, y los gestores, y han de reflejar los avances
que la investigación y la práctica profesional van aportando con el paso de los años. Y
esto es justamente lo que pretende la definición de retraso mental hecha por la
Asociación Americana sobre Retraso Mental (AARM) en 2002, cuya utilidad rebasa al
colectivo de personas con discapacidad intelectual para extenderse a todos los alumnos
que presentan problemas por causa de alguna discapacidad.
La concepción del retraso mental propuesta por la AARM en 1992 ya fue
calificada como un cambio de paradigma (Verdugo, 1994) dadas las importantes
modificaciones que incluyó frente a las anteriores propuestas. Huyendo de una
concepción estrictamente psicométrica se descartó que el retraso mental fuera un rasgo
absoluto del individuo y se destacó el papel que desempeña el ambiente, señalando que
la persona con retraso mental debe ser entendida por la interacción que establece con su
entorno. En lugar de diagnosticar y clasificar a las personas con retraso mental y con esa
información determinar los tratamientos y servicios que necesitan, se planteó una
evaluación multidimensional en base a la interacción con los contextos en los que se
desenvuelven y basándose en esa evaluación del individuo y el ambiente determinar los
tratamientos y servicios necesitados. Además, se prestó una gran atención a los apoyos,
proponiendo un sistema de clasificación basado en la intensidad de los apoyos que
requieren las personas con retraso mental (limitado, intermitente, extenso y
generalizado) en lugar de un sistema basado en los niveles de inteligencia del individuo
(ligero, medio, severo y profundo) cono se venía haciendo.
La décima edición de la definición propuesta por la AARM se puede considerar
una revisión y mejora de las propuestas hechas en la novena edición de 1992,
atendiendo a la experiencia de 10 años y a las críticas realizadas por algunos
investigadores a la anterior propuesta. Una vez difundido y aceptado por gran parte de
la comunidad científica y profesional el cambio de paradigma (aunque persisten algunas
voces críticas), lo que se pretende ahora es: 1) Operacionalizar con mayor claridad la
naturaleza multidimensional del retraso mental, y 2) Presentar directrices de buenas
prácticas para diagnosticar, clasificar y planificar apoyos.
Se mantiene características importantes de la propuesta de 1992, como el propio
término de retraso mental (aunque nosotros proponemos decididamente su sustitución
por el de discapacidad intelectual), la orientación funcional y énfasis en los apoyos, los
tres criterios diagnósticos (inteligencia, conducta adaptativa y edad de comienzo), y un
firme compromiso con desarrollar un sistema de clasificación basado en las intensidades
de los apoyos, si bien se admite ya con claridad la aportación positiva que pueden
aportar también otros sistemas clasificatorios.
La principal novedad de la propuesta hecha en el 2002 se centra en aportar un
nuevo modelo teórico, precisando mejor y ampliando una dimensión más
(“Participación, Interacciones y Roles Sociales”), y proponiendo un marco de referencia
para la evaluación que supera la anterior propuesta de un proceso de tres pasos.
Además, se avanza en la planificación de los apoyos, al incorporar la investigación de
los últimos años sobre evaluación y determinación de la intensidad de los mismos. Otras
características son la mayor precisión en la medición de la inteligencia y en la conducta
adaptativa, que repercute en una comprensión diferente del constructo de conducta
adaptativa (organizado en torno a las habilidades conceptuales, sociales y prácticas).
Finalmente, también se examina con detenimiento en que consiste el juicio clínico
orientando como aplicarlo, y se relaciona el sistema propuesto con otros sistemas
clasificatorios de interés (CIF, DSM-IV e ICD-10). No obstante, la propuesta hecha
requiere de un análisis crítico en algunos aspectos.

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